Este 23 de abril, Lima vuelve a encontrarse con Megadeth. No es una visita cualquiera. Es el regreso de una banda que, desde sus inicios, entendió el metal no solo como sonido, sino como una forma de incomodar.
Hablar de Megadeth es hablar de velocidad, precisión y técnica, sí. Pero también es hablar de discurso. Bajo el liderazgo de Dave Mustaine, el proyecto se construyó sobre una idea clara: decir lo que otros evitaban. Cuestionar el poder, poner en duda las narrativas oficiales y llevar esos temas a canciones que no pedían permiso.
Desde Peace Sells… but Who’s Buying?, donde la banda lanza una crítica directa a la hipocresía del sistema, hasta Rust in Peace, que amplía la mirada hacia conflictos globales y tensiones políticas, Megadeth convirtió el thrash en algo más que un género. Lo convirtió en un canal. Uno que no solo canaliza rabia, sino también preguntas.
En los noventa, con Countdown to Extinction, ese discurso se expandió. La banda empezó a hablar de control social, violencia estructural y crisis que iban más allá del conflicto inmediato. Lo hizo sin perder contundencia, pero sí ganando alcance. Más gente escuchando, más gente confrontada.
Lo interesante es que ese enfoque no se ha diluido con el tiempo. Megadeth nunca ha sido una banda cómoda. Y eso, en un contexto donde la música muchas veces busca encajar, termina siendo su mayor fortaleza. Sus canciones no envejecen porque los temas que abordan siguen ahí, latentes, sin resolverse del todo.
Por eso, su regreso a Lima no es solo un concierto. Es una especie de recordatorio. De que el metal también puede ser un espacio para pensar. De que el ruido, cuando está bien dirigido, puede decir algo. Y Megadeth, desde hace décadas, lo tiene claro.
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