El tiempo occidental nos ha acostumbrado a una línea recta con un inicio y un desenlace fatídico, una urgencia constante por el progreso lineal. En la cosmovisión del Perú prehispánico la existencia se entiende a través del pacha, un espacio-tiempo circular donde la muerte representa un umbral de renovación inevitable. Es precisamente en esa grieta conceptual donde el productor peruano Javier Areda edifica El Final (Pt. 1), un proyecto que utiliza las herramientas de la síntesis moderna para demostrar que el misticismo ancestral sigue operando en el presente.
Areda aborda la identidad desde el diseño sonoro y la abstracción, alejándose radicalmente de las fórmulas predecibles del circuito comercial. El álbum opera como un paisaje ritual donde las texturas andinas y las frecuencias digitales conviven en un plano de absoluta igualdad horizontal. Los ritmos aquí emulan los ciclos agrícolas de siembra y cosecha, convirtiendo la repetición y los bucles sonoros en un trance hipnótico que evoca la constancia de la tierra, la Pachamama, y el retorno de las estaciones.
La edificación de estas piezas adquiere un carácter coral y comunitario gracias al ensamble de creadores que aportan sus identidades a la producción. Las colaboraciones de figuras tradicionales y contemporáneas como Alborada, Tayta Bird, Wariwillka, Sófy, Avril Navarro, Emperatriz del Perú, Vereau, Bea Mar, Lymm Carbin y Key Greyman expanden la riqueza técnica de la obra. Las participaciones registran cantos nativos, ejecuciones de vientos andinos y arreglos analógicos, logrando un punto de encuentro colectivo que documenta la diversidad de la creación actual en la región.
La decisión de inaugurar su discografía con un álbum titulado El Final —con la promesa explícita de clausurarla décadas después con un trabajo llamado El Inicio— se consolida como un manifiesto estético contundente. Al invertir el orden lógico de una trayectoria artística, el productor sabotea la expectativa del oyente y lo obliga a habitar una paradoja cronológica. El disco se convierte así en una estructura que se muerde la cola, donde el desenlace es en realidad la semilla de lo que está por venir.
Al final de la escucha, queda claro que esta entrega propone un ensayo sonoro sobre la continuidad de los ancestros. Javier Areda logra que la vanguardia electrónica se rinda ante la eternidad de los ciclos andinos, demostrando que la música electrónica puede ser un vehículo de alta carga filosófica. Una obra indispensable para entender cómo la memoria histórica y la tecnología pueden colisionar para disolver las barreras del tiempo.
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